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domingo, 15 de julio de 2018

La pesada carga de las etiquetas

Os habéis parado a pensar en la ingente cantidad de juicios de valor que podemos realizar las personas al cabo de un día entero. Sí,  las personas estamos continuamente emitiendo juicios y sacando conclusiones de nuestras experiencias,  sensaciones, emociones e interacciones. Es lógico y normal, ya que a través de los juicios valoramos y ponemos palabras a nuestros procesos cognitivos. Calificamos y clasificamos lo que percibimos a  través de nuestros sentidos para de esta forma adaptarnos mejor al entorno ; ayudándonos a tomar decisiones y a contar con más recursos que nos permitan una supervivencia más exitosa.

Juzgamos olores, sabores, lugares, acciones, imágenes, palabras, pensamientos. De esta forma establecemos nuestros gustos y preferencias, optamos por una u otra alternativa y desechamos las que no nos resultan ventajosas o las que resultan ser una amenaza. También,  y he aquí el inconveniente,  juzgamos a las personas con asiduidad y alevosía. Juicios y prejuicios a discreción. Y es que, no es lo mismo juzgar una situación o una sensación , un comportamiento o una acción que a una persona. Los juicios que emitimos sobre las personas tienen un fuerte impacto en la imagen de uno mismo y en la autoestima, más aún si la sentencia tiene connotaciones negativas y despectivas. Porque no es lo mismo opinar sobre una conducta o una acción concreta que enjuiciar y etiquetar a una persona en función de una acción o comportamiento.  
Cuando juzgamos a una persona y le colocamos una etiqueta , estamos dando por sentado que esa persona es así en su conjunto, poniendo en valor la cualidad o el defecto que le atribuimos; olvidando todas las demás características que la definen así como la influencia de factores  exógenos como  por ejemplo el entorno y las circunstancias. 

Los juicios sobre las personas son dictámenes subjetivos que emitimos para clasificar a las personas en función de unos rasgos y atributos, estableciendo categorías dualizadas. A su vez estas categorías tienen asignado un valor positivo y otro negativo,  ambos excluyentes entre sí.  Bueno y malo, aburrido y divertido,  obediente y desobediente,  obstinado y transigente,  diligente e incompetente... El " ser bueno " significa que no " eres malo" , y el " ser obediente " conlleva " no ser desobediente ", reduciendo las múltiples expresiones de la conducta humana en función de las interacciones y circunstancias,  a una única y pesada losa: la etiqueta.



Por eso las etiquetas que colocamos a los niños determinan su propia imagen y configuran su comportamiento,  ya que sienten que tienen que ser y hacer lo que se espera que sean y hagan.  Las etiquetas en los niños influyen en la configuración de la identidad personal.
Así pues las etiquetas supuestamente positivas ejercerán una insana presión sobre los niños que se verán obligados a cumplir con las expectativas y no defraudar. Por jemplo, si a tu hij@ le llega continuamente el mensaje de lo list@ y responsable que es,  y por alguna circunstancia no puede cumplir con esos cánones y estar a la altura de nuestras expectativas,  el batacazo moral será tremendo . No se trata de no decirles lo que hacen bien o se les da mejor, de reconocer sus esfuerzos y sus logros; sino más bien se trata de no encasillarles en base a lo que consiguen o dejan de conseguir. Deben de sentir que son valiosos por ser ellos mismos y no por lo que les decimos nosotros que son.

Otro de los peligros de las etiquetas positivas, por ejemplo, es la formación de personalidades con rasgos narcisistas muy marcados, personas que sobrevaloran sus habilidades y cualidades, que muestran continuamente su arrogancia y están convencidos de su superioridad. Las personas narcisistas se caracterizan por su escasa o inexistente empatía hacia los demás y buscan continuamente la aprobación y los halagos ajenos para sentir seguridad y bienestar; lo cual refleja que en realidad tienen una endeble imagen de sí mismos. Ésta débil autoestima la camuflan bajo una falsa apariencia de grandeza e invulnerabilidad.

Asimismo,  las etiquetas negativas se incrustan en la personalidad, dañando seriamente la autoestima y generando sentimientos de incomprensión,  frustración,  injusticia y desaliento. Y es que,  si un niño escucha con frecuencia frases lapidarias del tipo de " eres un torpe" , " eres un pesado" , " eres un vago" , " eres muy rebelde", etc;  terminará por creer que verdaderamente lo es y que no puede más que aceptarlo y no hará nada por mejorar y superarse. Las etiquetas negativas limitan el desarrollo pleno y transmiten una profunda falta de respeto.

Por supuesto en determinados momentos y etapas de desarrollo de nuestros hijos , podemos sentirnos saturados y sobrepasados por los hechos y comportamientos de los niños, lo cual nos lleva a decirles que son esto o lo otro; que son así o asa. Porque somos humanos y como tal seres imperfectos.

 Los juicios impulsivos que son fruto del cansancio físico y mental , funcionan como un desahogo personal,  como una válvula de escape; pero no deben formar parte de nuestro estilo de comunicación. Que no seamos perfectos no quiere decir que no aprendamos de nuestros errores y seamos plenamente conscientes de cuando actuamos correctamente y cuando nos hemos equivocado . Y con el tema de las etiquetas debemos tener cuidado.

sábado, 28 de abril de 2018

Crianza Respetuosa y respeto para quien la practica


Un papá haciendo verdadera mágia y un gran esfuerzo personal por conseguir ganarle un pulso al tiempo, a sus horarios, y brindarle a su hija el mejor de los regalos; tiempo. Una mamá comprometida hasta la médula por ofrecer una crianza respetuosa, consciente y con plena dedicación; porque sé que es el trabajo más difícil, más  importante y el más satisfactorio y bonito de toda mi vida. Un papá que siente y piensa lo mismo.

Decía aquí que la maternidad me ha transformado considerablemente tanto en la forma de pensar como en la forma de sentir y actuar. La esencia sigue estando ahí es cierto,  pero es innegable que soy otra persona distinta.  Se han modificado mis prioridades y se han reforzado y consolidado mis principios.
He aprendido intensamente lo que significa amar sin límite alguno. He experimentado lo duro que es enfrentarse a la crianza sin tener una red social cercana, una tribu que en determinados momentos pueda brindarte su ayuda y colaboración, que empatice contigo, que comparta experiencias y entienda tus aspiraciones, tus miedos, tus sentimientos y tus pensamientos.

Hemos tenido que hacerlo sólos y esta soledad de la que hablo junto a la inexistente conciliación laboral nos ha llevado al límite en alguna ocasión . Y de ello tambien hemos aprendido grandes lecciones, hemos conseguido mejorar y aprender de los errores.
Es muy duro criar a un hijo en esta soledad física y moral. Resulta agotador criar a un hijo teniendo que dar continuas explicaciones a los tuyos, de tus maneras de hacer y actuar. De porque te gusta hacer las cosas así o porque no te gusta hacerlas asá; de porque crees que no deberían hacer determinada cosa o decirle a la niña un comentario concreto.
Este ambiente te hace sentir incómoda, son situaciones engorrosas que perturban la armonía. Siempre se ha dicho que la confianza da asco, y es cierto que cuanta más cercanía, cuanto más allegados; más embarazosas son estas situaciones . Es como una mezcla entre choque generacional y choque cultural lo que produce esta disparidad de estilos.
Advierten con extrañeza mis maneras de pensar o actuar y cuestionan ; aunque no siempre sea a través de la palabra; lo que pienso y creo sobre la crianza y la educación asi como lo que pongo en práctica con nuestra hija. Esta conducta me produce sentimientos desagradables y ambivalentes. Me molesta ser a sus ojos,  la rara, la extravagante, la tiquismiquis, la estrafalaria, la grotesca, la peculiar , la diligente.

 Tan sólo soy una madre que queriendo lo mejor para su hija no aplica determinadas costumbres, métodos y conductas en la crianza y educación, prefiriendo poner en práctica su propia filosofía .Y ojo que esto no quiere decir que sea mejor que nadie por hacerlo así o asá , pero tampoco peor. Sólo intento ser coherente con lo que pienso y siento que debo hacer.

                               Foto: Google

Lo siento pero yo quiero consolar a mi hija cuando lo necesita. Le quiero dar y mostrar cariño cuando está cansada, aburrida, agobiada, irritada, frustrada y su comportamiento no es el más adecuado a los ojos de los adultos. Creo en el quiéreme cuando menos lo merezca porque es cuando más lo necesito.

Quiero reconocer su derecho a comportarse como lo que es, una niña. Quiero respetarlo y que se le respete.

No quiero imponerle lo que debe sentir, sino más bien quiero acompañarle en el camino para reconocer y manejar sus emociones. Quiero respetarlas y enseñarle a que ella misma también respete las emociones de los demás.

No quiero sugerirle ni obligarle a dar besos ni muestras de cariño , si no es lo que ella desea. Quiero que sea ella la que decida como y cuando mostrar su afecto.
 Por supuesto no permito que se le chantajee con brindarle más o menos cariño en función de su conducta y sus muestras de cariño hacia los demás. No se quiere con condiciones, no al amor condicional.

No quiero contaminarle el pensamiento con nocivos e injustos estereotipos y prejuicios. No hay ningún dogma que seguir ni que venerar, no hay que ser así o asá,  no hay que jugar a cosas de niñas, no hay que fomentar la crítica, la competitividad y la envidia sino más bien la cooperación y la empatía. No hay que comparar, hay que comprender la maravillosa individualidad del ser humano; único e irrepetible en todo su ser. Al mismo tiempo hay que poner en valor la riqueza de la diversidad.

No quiero juzgar constantemente y colocar etiquetas. No se es mala, ni cabezota,  ni loca, ni desobediente,  ni buena, ni cariñosa, ni nada. Se es una personita con diferentes estados y atributos en diferentes situaciones.  Estos estados no definen nunca a la persona en su totalidad.
No voy a jugar con su autoestima ni voy a comprometer su identidad.

Lo siento pero no estoy dispuesta a perpetuar este tipo de educación porque no creo en ella y no le encuentro beneficio alguno.  No seguiré la doctrina del adultismo. Por supuesto respetaré a las personas que sí que la pongan en práctica con sus pequeños y sus pequeñas, porque cada familia debe tener la absoluta libertad para elegir como quiere educar. Por eso yo también quiero sentir esa libertad, sin cuestionamientos,  sin suspicacias,  sin lecciones, sin postergaciones.

Y con el tiempo hemos logrado hacer una pequeña pero valiosa tribu, un microcosmos donde sentirse respaldado y encontrar aliento, sentir empatía y respeto.